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jueves, 17 de enero de 2013

Manuel López Cañamaque versus Pepe Marchena

El tango del Carnaval gaditano comenzó a incorporarse al repertorio flamenco hacia la segunda mitad del siglo XIX, en el punto y momento en el que los cantaores de la Edad de Oro tuvieron conocimiento y contacto con él. 

Tango de Carnaval. Ritmo, patrón y soniquete con aroma habanero, pasado por el tamiz de Cádiz, después de arribar en su dársena y aclimatarse tras el largo viaje atlántico desde La Perla de las Antillas. Polifónico y sujeto entonces al sugerente vaivén del güiro y otros instrumentos de percusión. Luego vendrían las cuerdas. Pero eso fue después.

No vino solo, como tampoco estuvo solo en las comparsas gaditanas decimonónicas, ya que compartió protagonismo, danza y desenfreno en aquellas carnestolendas, con otras formas musicales, algunas, llegadas de la América morena (que diría Fernando Quiñones), tales como guarachas, guajiras o danzones y otras más "cultas" y aristocráticas, como valses, polkas o mazurkas.

Estos sugerentes tangos de Carnaval, emparentadísimos —como no— con el tango flamenco y con los tientos (dos estilos en los que Cádiz también posee mayoría de voz y voto, en "Junta Extraordinaria") fueron los primeros que se impresionaron en España, en los primitivos cilindros de cera. Curiosamente, no fueron grabados por los propios comparsistas, ya que los cantaores flamencos —con una industria discográfica mucho más volcada en ellos y en su género— se les adelantaron en el tiempo.

El arte flamenco, y la necesidad que tenían las discográficas de completar y diferenciar la nomenclatura de estilos, requirió cambiarle su denominación primigenia de tango y lo hizo por la de tanguillo. Ocurrió en los últimos tiempos del soporte de pizarra y sucedió sólo desde el "universo" flamenco. El Carnaval de Cádiz jamás le llamó tanguillo (a día de hoy sigue sin hacerlo), tan sólo con la excepción de la Dictadura de Franco, en la que el régimen, que por una Orden Ministeral había prohibido el Carnaval y engendraba unas Fiestas Típicas, estrictamente controladas por los mandatarios, potenció la "españolidad", con los Coros y Danzas de la Sección Femenina y se inventó trajes típicos (como la piconera de Pemán) y denominaciones harto confusas.

Manuel López Cañamaque en los años 30. Foto Revista Estampa
Hoy traemos un fardo curioso. En 1928, con Ramón de Carranza Marqués de Villapesadilla en la alcaldía gaditana, se solicitó la salida de un coro con la denominación de "Las flores". Su director era Demetrio Mateo Sánchez y su autor, tanto de música, como de letra, Manuel López Cañamaque. No sólo era un extraordinario músico y un virtuoso bandurrista, era el heredero y depositario; el discípulo adelantado de Antonio Rodríguez Martínez, "El Tío de la Tiza", con el que llegó a salir en el célebre coro de "Los anticuarios", siendo —entonces, en 1905— un chaval de veintidós años de edad.


AHMC

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El tango de "Las Flores" es de una bella factura. La que aquí traemos corresponde a una versión muy posterior, de 1974, de "Los conservadores del tango" de Joaquín Fernández Garaboa "El Quini"



Portada original del libreto de 1928. 
Colección Camacho-Osuna

                    Dicen que son las flores
                muy presunciosas
                y podemos jurarle
                que no hay tal cosa;
                nuestra delicadeza
                llega hasta el infinito
                y hasta nos da vergüenza
                cuando nos besan 
                labios bonitos;
                si sobre el pecho nos pone
                una rubia o una morena,
                nuestro color descompone
                por que no es posible 
                aguantar tanta tela;
                en una mata de pelo
                es donde vamos mejor
                y a la mujer española
                le ha dado ahora por lo Garçon.
                Garçon, Garçon,
                palabra pura francesa
                Garçon, Garçon,
                que has hecho con las cabezas;
                 la flor, la flor
                 se encuentra muy descontenta
                 porque quiere reunirse
                 con sus mantillas 
                 y sus peineta.


Tengo un enorme concepto sobre Pepe Marchena como cantaor (José Tejada Martín). Enorme. Vaya por delante. Acaso, porque lo que viene por detrás no dice mucho a su favor: la obsesiva manía que tenía el de Marchena por "sus creaciones", muchas de las cuales eran fraudulentas. Desde luego ésta lo es y de qué forma.

La cosa no tendría mayor importancia, de no ser porque en la contraportada de la carpeta del disco de la casa Belter, la autoría de la obra está firmada por él y por otro señor: (Tejada-Arroyo), lo que significa que cobró (cobraron) por una obra que no era suya; y lo que igualmente significa que, en la actualidad, muy probablemente estén cobrando de SGAE sus herederos "legales" (adviértase el entrecomillado).



A todo esto, Manuel López Cañamaque, murió en la mendicidad, deambulando por las calles de Cádiz, por bares y tabernas, y aferrándose a una vieja bandurria, cuyos trinos, en otro tiempo increíblemente virtuosos, imploraban ahora la caridad. Cuatro años antes de su muerte, escribió: Es lastimoso / que de muchos tanguillos / saquen provecho tantos autores / mientras los propios / escuchando la radio / algunos lloren.

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