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martes, 2 de julio de 2013

Camarón, veintiún años de perspectiva

Fotografía de Paco Sánchez

Jueves, 2 de julio de 1992. Se sabía, mas no lo queríamos saber. José estaba mu malito, pero lo habíamos dotado de inmortalidad, sin entender que, andando el tiempo, sólo su obra trascendería lo terrenal. Su vida, no. Y Camarón se bebió la vida. A morro. La quiso ancha, antes que larga; rápida, auténtica, peligrosa...

El calor que hacía aquél 2 de julio de 1992 era sofocante. Hacía mucho viento de levante, viento del Este, que deseca esteros de Sancti Petri y salinas de San Fernando, rezumando azul de mar, para que espejos de sol y sal de Fernando Villalón, reflejen blancos destellos de flor salina; la nieve salada de Rafael Alberti, granito del salinar. El calor galopaba abrasador y una noticia de muerte también. Un caballo desbocado, potro de rabia y miel, un caballo blanco y negro del día y de la noche, atravesaba a galope, seguramente en busca de un triste palacio, donde cien príncipes soñaban con la gloria y donde cien reyes soñaron con el amor y se despertaron llorando.

El cáncer era evidente. Veintiún años después, la literatura periodística le sigue llamando, con eufemismo: "una penosa enfermedad" (como si alguna enfermedad no lo fuera).


La noticia convulsionó las redacciones de todos los medios de comunicación españoles. Canal Sur 2 (entonces diferenciado del 1) abrió el informativo de las tres de la tarde con su muerte. Editado por Manolo Casal, (callejolero como él), el cual realizó un trabajo impecable, apoyado en unas inéditas y valiosísimas declaraciones de Camarón, efectuadas a Canal Sur, recién llegado José de una clínica de Nueva York, con la parca incrustada en su semblante.

En el horizonte le esperaba la Expo y el albero de La Maestranza para encerrarse en ella con Curro Romero, entre clarines siguiriyeros; también las Olimpiadas de Barcelona´92, para compartir escenario con Freddie Mercury... 


Todo se truncó a las siete y diez minutos de la mañana, en una habitación de la Unidad de Oncología Médica del hospital Germans Trias i Pujol, de Badalona¿Maíta, qué es lo que tengo? fue la última y dolorosa pregunta de su vida, antes del fallo multiorgánico irreversible que lo inmortalizó por los caminos de la leyenda del tiempo: plata de luna en Los Puertos y oro de vino en Jerez, en preciosa descripción de Carlos Lencero.


Completan este informativo los testimonios de personalidades como el, entonces, alcalde de San Fernando, Antonio Moreno; la periodista Teresa Puig de Cataluña Radio; Jesús Antonio Pulpón —toda una institución en la representación artística—; el, entonces, director de la Bienal de Flamenco de Sevilla, José Luis Ortiz Nuevo, y cantaores como Juan Peña El Lebrijano, Chano Lobato y El Turronero; así como Juan Lebrón, productor de la película Sevillanas de Carlos Saura. Todo con el trabajo de una redacción detrás, con Lucía Benítez, Juan Manzorro y Manolo Curao.





Tal día como hoy, ya con cierta perspectiva, quizá merezca la pena compartir un documento sonoro, cuando los jinetes galopaban con el viento del este, buscando el vasto mundo, el grano de polvo en el espacio y las flores de los siete climas. Temblando están las estrellas, la voz de Camarón viene. Tal día como hoy.


viernes, 24 de mayo de 2013

El Amor Brujo y Los Chinchorros (A mi amigo José Quintero Esquivel)

"El patio de las Gallinas". Al fondo, el bache: "El Último Suspiro", 
llamado así por su proximidad al cementerio. Foto: Los fardos.

Tres más tres terminan siendo cinco si la suma se repite tanto como un gazpacho con exceso de ajo. De nada sirve la aplastante lógica que induce a decir seis. Si se machaca cinco, el majado terminará como "verdad suprema" en el fondo del almirez.


Bloques de viviendas construidos en el solar
donde verdaderamente estaban "Los Chinchorros"
"Los Chinchorros" es un espacio urbano que ya no existe en Cádiz, desde el año 1993. Sus habitantes fueron todos realojados en los pisos de Cortadura y en su solar resultante, se edificó un grupo de viviendas, que abarca la manzana entre las calles Marqués de Coprani y el callejón (hoy calle) Pereira. Sin embargo, actualmente se sigue llamando "Los Chinchorros" a algo que no lo es; que ni siquiera lo fue; que nunca lo ha sido —desde un ajuar hasta unas viviendas lamentablemente inacabadas—; a fuerza de repetir un error, arrastrado ya desde hace algún tiempo por la prensa periódica, en artículos y titulares. Por tanto "no es Chinchorro todo lo que reluce".


Los Chinchorros. Foto: Los fardos.
Los Chinchorros. Foto: Los fardos.
Los Chinchorros. Foto: Los fardos.

Lo que ahora, equivocadamente, se le llama "Los Chinchorros" pertenece el barrio de San José, sí; pero es el solar resultante del derribo de las casitas de la calle San Juan Bautista y San Bartolomé, junto al solar del "Patio de las Gallinas", célebre cuando el alcalde Jerónimo Almagro lo visitaba desde las azoteas colindantes y le decía a su teniente de alcalde "que le daba la sensación que el patio era antes más grande...", a lo que el concejal respondía: "alcalde, tiene usted razón, el patio es más pequeño, porque las casas le han ido cogiendo terreno". Era también el barrio —qué duda cabe—, pero no "Los Chinchorros"

Dos baches (tascas) de arte presidían aquella manzana: El Bar Mariano y El Último Suspiro, a la vera del Cementerio, donde paraba la canalla después de ofrecerte una escalera, apurando el valdepeñas y pendiente de la marea para sacarle a la orilla los metales de plata y oro.



Los Chinchorros. Foto: Los fardos.

Los Chinchorros. Foto: Los fardos.
Los Chinchorros. Foto: Los fardos.
Los Chinchorros. Foto: Los fardos.

El desaparecido número 9 de La calle Marqués de Cropani del barrio de San José, al lado de la tienda de comestible y del bache que hacía esquina con la calle Pelufo, daba entrada a la verdadera y única "Casa de los Chinchorros", un conglomerado de viviendas esparcidas en dos grandes patios (norte y sur) con lebrillos-lavaderos de terracota a la intemperie y retretes comunes de garita en el centro, donde geranios y jazmines florecían en macetas de lata y la parra daba sombra fresca a un trazado pintoresco de casitas, casi fantasmagóricas y espectrales, más propias de poblados del norte de Marruecos que de una capital de provincia.


Los Chinchorros. Foto: Los fardos.
Los Chinchorros. Foto: Los fardos.

Las vaquerías; "Las Papas Viejas"; las pieles curtiéndose en las ventanas orientadas a levante, y la carpintería del callejón, rodeaban la singular microurbe, a través de una tapia, lindante con el polvoriento Callejón del Cementerio. Los futbolines de Andrés y las casitas de la palmera que aún queda en pie (donde vivía El Chaqueta y mi amigo Mariano), ya no era "Los Chinchorros", eran las casitas bajas de enfrente.


Los Chinchorros. Foto: Los fardos.
Los Chinchorros. Foto: Los fardos.
Los Chinchorros. Foto: Los fardos.
Los Chinchorros. Foto: Los fardos.
Los Chinchorros. Foto: Los fardos.

Los Chinchorros. Foto: Los fardos.









La proximidad de la playa y el estar ubicado en una zona eminentemente marinera, que en su tiempo tuvo corral de pesca y almadraba (Corral de Atero) y que arroja uno de los mayores núcleos urbanos de marineros y rederos, censados en Cádiz en el siglo XIX, con apellidos muy característicos de la zona (los Roa, los Sacaluga, los Cortés...), hizo de "Los Chinchorros" una "cátedra" de pescadores y mariscadores, con El Chorlo y la Casa de los Valdés como referencia suprema, entre tarrayas, (h)erbitanas y aroma de carburo. El frito de buseles recién recogidos; los ostiones que partía El Pimpa o las borracheras luminosas de El Revola, le daban vida y sabor a aquel paraje.


Los Chinchorros. Foto: Los fardos.
Los Chinchorros. Foto: Los fardos.
Los Chinchorros. Foto: Los fardos.
Los Chinchorros. Foto: Los fardos.
Los Chinchorros. Foto: Los fardos.
Los Chinchorros. Foto: Los fardos.

Respondía a un modelo urbanístico muy repetido en el extramuros gaditano, caso de las viviendas del denominado "Manchón de Landeira", y a pesar de los embates de la infravivienda; de las ratas; de la falta de agua corriente y de muchas insalubres incomodidades más, sus vecinos supieron ser muy felices y salir a flote en los difíciles y procelosos años de posguerra. Como toda buena vecindad el sentido de la solidaridad era algo muy presente y como en un viejo matriarcado, el llanto de un niño afectaba a todas las madres por igual. 


Su indudable sabor le hicieron ser una de las localizaciones cinematográficas ineludibles de El Amor Brujo, película que nos dejó un tiempo una cruz

de madera en lo alto del viejo acantilado de la playa de Los Corrales, hoy desaparecido.




El Amor Brujo fue rodada íntegramente en Cádiz y su provincia, y tuvo a Miguel Grau como director de producción; el montaje corrió a cargo de Emilio Rodríguez; la
coreografía de Alberto Lorca. Los papeles principales fueron representados por Antonio Gades y La Polaca, más un elenco de artistas, como
Cristina Hoyos y Curra Jiménez (1) al baile; el cante de El Chaqueta de Cádiz, Encarnación Sayago, El Lebrijano, José el Rumbero y Teresa María; y el toque de Emilio de Diego, El Niño de los Rizos, Pepe Maya, así como un joven Camarón de la Isla que en el minuto 59 rasguea la guitarra de fondo, mientras Antonio Gades y La Polaca bailan. Contó con la Orquesta de Cámara de Barcelona y en los créditos hay un agradecimiento expreso a la figura radiofónica de Aurelio de la Viesca, al que se le puede ver, instantes antes de la escena en la que aparece Camarón.

Camarón al fondo tocando la guitarra

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(1) En los medios de comunicación audiovisuales, es de vital importancia escribir bien los créditos. No es el caso de esta película a la que no hay que darle crédito a sus créditos. ¿Razón? el "baile" de apellidos de dos enormes bailaoras (que digo yo que si son bailaoras, es normal que el apellido "baile"): Curra Jiménez y Cristina Hoyos, como bien repararon la prima Flamencólica y el primo Faustino: